CAIFANES Y LA CRÓNICA AUSENTE

Por El Bicho (@Btxo)

Yo no fui a ver a Caifanes, y tampoco me era muy necesario acudir a un karaoke con 100 mil personas porque de plano Saúl ya no puede, pero el de la colonia Guerrero tiene tanta vibra y tanto empuje como para siquiera pensar en retirarse. Finalmente, la raza, su raza, le echa “una manita” para que aquello no se escuche tan maltratado.

Esto de Caifanes ya debe verse como una cosa de análisis sociológico por el asunto diferencial. Generaciones nacen, generaciones mueren y Caifanes sigue ahí. Han tolerado separaciones, pleitos, chismes de lavadero, tumores en cerebro y garganta, un infarto, un accidente de carretera y el hartazgo en el que habían caído con ese sonsonete latinoamericano tremendamente anquilosado.

Pero ahí siguen, y bastante bien. ¿Ven? Eso es envejecer con dignidad y sin dedicarle canciones al Papa.

Total que me fui a dar un rol por Coyoacán para ver a los turistas con sendas Nikon réflex pendiendo de sus cuellos con una ingenuidad que roza el riesgo; los fuereños que vienen de otras colonias a darse un baño de “cultura”, mismos que dejan el piso como el muladar que debe ser su casa; y las hordas de reguetoneros que “laboran” apartando lugares. Qué pésima estampa, de verdad.

Al volver a casa, esquivando elotes mordidos, vasitos de esquites y helado, servilletas, cigarros aplastados, en general el mugrero que dejan los visitantes, me dediqué a buscar información en Twitter sobre el caifanazo en el Zócalo y me topé con comentarios muy agradables.

¿Qué tiene Caifanes que después de su renacimiento es muy difícil que te enojes con ellos? Vaya, ni siquiera tras leer el libro de Alejandro Marcovich fue posible tomar partido. Claro que ves las entrevistas de Saúl con Benito Taibo y Javier Solórzano, en las que aparece con un puchero similar al del niño que ya sabe que Santa Claus y los Reyes Magos son parte del inventario del hogar, y te das cuenta que el tipo es honesto, que sufre por sus malas decisiones, que aún no entiende qué pasó, en qué momento perdió el control de su banda y cuándo el rock nacional recontrajodió las formas de hacer música que Caifanes inoculó por algún tiempo.

Lo que por un momento no me quedaba claro era el fenómeno del portazo en un concierto gratuito. En México tenemos portazos de colección como el de Front 242 en el Ángela Peralta; otro en el mismo recinto a la sazón de Mano Negra; el de GBH allá por la colonia Guerrero, etcétera. Pero en un concierto gratuito… Eso nos da material para muchas lecturas.

Tomando en cuenta lo lastimada que está la sociedad mexicana después del terremoto del 19S versión beta, la respuesta del área cultural y dionisíaca no podía venir de otra banda que no fuera Caifanes porque, lejos de facturar queja tras queja, su música, y sobre todo la lírica, brindan cierto dejo de esperanza. Y eso lo sabían los organizadores (no sé quién curó semejante cartel), por eso les dejaron el recinto para ellos solos este viernes 10 de noviembre.

En este caso no cotiza el epítome catastrófico del “pan y circo” que mientan los chairos a mansalva, porque con Caifanes no sólo se trata de distraerse y bailar sino de pensar, porque la estampa que siempre ha ofertado la banda de Saúl se orienta hacia las necesidades del individuo quien, finalmente, forma parte de la masa.

Recordemos lo que Marx refirió respecto a Feuerbach: “La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica”.

La gente lo necesitaba. En México no existe mejor tratamiento para curar las heridas emocionales que poniéndose en estado burro bajo la sombrilla de una estampa musical que los ubique justo en ese estado contrazen que les permita desfogarse, sobre todo, formando parte de ese ente dinámico que es la masa porque en ese tipo de trances es la mejor manera de convivir, porque todos los componentes tienen un mismo fin.

Será por eso que en México se ha gestado una especie de matriz en la que el pueblo mantiene caliente y saludable a Caifanes. Porque Saúl tuvo el tino de dejar los complejos a un lado y facturó una lírica constante, referente a su propio dolor, que encajó en el ADN de quienes se erigieron como sus símiles por puro gozo, porque el dolor hermana. Y más aún cuando el dolor es compartido con un tipo que puede ser tu vecino y que ronca y sueña y duerme y paga impuestos igual que tú.

Pero la vida sigue y es necesario montarla, domarla a pelo. Un viejo amigo me comentaba que durante el terremoto se ancló abrazado una columna de su oficina en un séptimo piso, mientras gritaba: “¡A esta ciudad le pasa de todo! ¡De todo!”. Por eso es necesario que siga existiendo ese remanso que se llama Caifanes en el Zócalo, porque te entienden, sabes que te entienden, y quizás por eso se da un portazo, para poder arrebatar eso que sigue siendo gratuito… Y que te mereces, aun sin ser Caifanes tu banda favorita.

Coyoacán, noviembre de 2017.

 

Imagen: Tomada del Twitter oficial de Caifanes

 

 

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