SOY TUYA

Por Fikalandia
@Fikalandia

 

EL TRITÓN DE CANCÚN

– Acuéstate.

La orden, aunque fue en un tono muy dócil, taladró mis oídos, todavía mojados por el agua que salpica el mar cuando lo atraviesas a gran velocidad sobre un jet ski, color verde limón.

Me encuentro en una zona turística de las más visitadas en Cancún. El agua es color turquesa y un muy divertido “lancherito”, con un buen y redondo trasero, firme, de piel increíblemente bronceada, me tiene, literalmente, “empinada”.

¿Quién se cree este cabrón para hablarme así? Mi primera experiencia de querer volar en parachute, se había visto empañada por el encanto desenfrenado de tener una verga entre mis piernas, justo en ese momento.

Por mantenerme en equilibrio, aferrada a la moto acuática y así no caer en las profundidades del océano, mis piernas estaban maravillosamente abiertas, apenas cubriéndome la vagina y el ano con un chiqui-bikini, casi tanga.

“De a cañoncito” estaba yo, sin poder mover con libertad los brazos, atenazados por un chaleco salvavidas, mientras deseaba con gran fuerza, como si mis pensamientos pudieran materializarse: “Que la tenga gorda, que la tenga gorda”.

Todo el camino me había venido “arrimando el camarón”, con el pretexto de que los novatos no pueden manejar sin ayuda esos hermosos caballos de acero sobre el agua. Y yo que me caliento rápido, como las planchas, pues…

Sólo le dije (¿O lo pensé?): “¡Ay, ya! Por el poder cósmico, desabróchate la bermuda. ¡Rápido, quítatela! Ahora era yo quien daba las órdenes, pus como se debe, carajo.

“Este ‘pollito’ va a entrar en tu quesito. Chiquito pero cumplidor”, masculló.

¿Qué? ¡Puta madre!, ¿eso es todo? ¡Ay, no! Pensé para mis adentros, mientras mi nuevo amigo dorado desenvainaba su puñal, para incrustarlo entre mis piernas, incomodas por la postura, el chaleco y el sol abrazador.

Agggghh. Me penetro sin misericordia. Tres estocadas salvajes se adentraron en mi apretujada vagina, muy mojada por el agua salada y por la peculiar temperatura que provoca en el útero, estar a 32 grados centígrados… Sin sombra.

Debo de reconocer que eso avivó mi incontrolable pasión por tenerlo “dentrito de mí”. Por fortuna, no tienes que moverte mucho, la marejada le facilitó el trabajo en su loable misión y, aunque “chiquito”, si fue “picoso”, ya que tocó una de las áreas más sensibles y complejas de explorar, en lo profundo de mi catedral.

Me dejé ir… A plena luz y en una zona pública, mis ansias y un caballerito con gran sentido de solidaridad, me estaban haciendo perder el control de mí, junto con mi sensatez y mis pensamientos.

Cerré los ojos… Ya sólo sentía cómo me cargaba de un lado al otro, dejando los manubrios del jet ski para pasarme hasta el otro extremo del asiento. Qué fuerza tienen estos trabajadores de la playa…

Abrió los estorbosos broches de mi chaleco y se prendió de mis tetas, como si fuera un becerro recién nacido, como si le fuera la vida. Era un poco más “chaparrito” que yo, así que sus labios quedaban exactamente a la altura de mis jugosos chupones rosados, ardientes, duros, vulnerables a la escasa brisa.

¡Carajo!, pero qué rico, qué rico, me decía mientras sus labios lamían y mordisqueaban mis ahora vacilantes pezones.

– ¡Ay, no me muerdas, perro! Quise detenerlo, reprimirlo, pero… qué “chido” sentía. Ahora sí, mi monte de Venus estaba muy mojado… Y no sólo por el agua.

– ¡Voltéate!

¡Ah, chingá! ¿Otra orden? ¡Chales!, pensé.

– Anda, hija. Y agárrate del volante otra vez.

Con la voluntad resquebrajada, así lo hice. Me voltee y me sostuve tal cual me dijo. Tuve que agarrarme con mucha fuerza, porque estaba sin chaleco que me abrazara.

Refunfuñando y disfrutando de sus más salvajes golpeteos dentro de mi cueva húmeda, en el marco de un escenario tan excitante y único, simplemente me dejé arrastrar por el más bajo instinto… El de supervivencia carnal.

El chaparro se ancló en mí… Ahhhhh… Yo solté los cuernos de acero y plástico y alcancé a abrazar el tibio cuerpo de la moto, mientras sus penetraciones me elevaban y el oleaje me hacía descender con cadenciosos movimientos, entrando y saliendo de forma magistral, diría yo, de su apetitoso y salado falo.

¡Plac! Me dio una nalgada. ¡Plac!, ahora otra más fuerte. Es asquerosamente delicioso sentir tantas emociones a la vez, pero la sal del agua, comenzó meterse en mis labios vaginales, ardorosos de por sí, gracias a la “limada” que me estaba poniendo su pene.

Ya sentía miles de diminutos piquetes de agujas en mi “conchita”, cuando escuché unas palabras como mágicas…

– Hum… Me vengo, ¿te los echo afuera o adentro? Me dijo sin dejar de penetrarme cada vez con más fuerza. El escozor de mi pepita no me impidió que volteara los ojos para poder verlo mientras le sonreía.

¡Siiiiiiiiiiiiií…! Gritó y un torrente hirviente de esperma entró en mi convulsa y ya rosada vagina. ¡Ahhhhhhhhhhhh! Se desplomó sobre mi espalda, sólo para ordenarme (qué cabrón) una vez más…

– ¡Prende el motor, agarra el manubrio y acelera! Exclamó sin sacar su pinga de mí. Hice lo que me dijo y cuando arrancamos me agarré a 10 uñas. Ahora sentía en mi colita su pito ya flácido…

– ¡No mames, vamos a estrellarnos! Grité como loca, pero… ¿Con qué? No había nada alrededor, solo kilómetros de terciopelo en todos los tonos de azul imaginables.

Con tanto movimiento, su verga volvió a inyectarse con sangre, con vida. Ahhhhhh… Sus salvajes estocadas me hacen abrir los ojos desmesuradamente, pero el agua de mar me salpica la cara, no puedo ver bien por dónde vamos.

La velocidad, el viento y un falo dentro de mí no me dejan abrir los párpados. Sin contar con el reflejo del sol sobre la mar. Así que mejor cerré los ojos mientras su puñaladas me hacían perderme, toda.

¡Ooooh! Me vengo. Me voy a veniiiiiiiiiiir… Otra vez el chorro ardiente en mí. Pero ahora con sus manos aprisionándome los pechos. ¡Guau! Es lo más chingón que me pudo pasar.

– ¿Te gustó?

– ¿Gustarme?, ¿bromeas? Me volvió loca. ¡Wow!

– Ven mañana a la misma hora y te llevare a otro lugar. ¿Va?

– ¡Va! Pero, oye… ¿Cómo te llamas?

– Beto Arenas, “El Tritón” de la Zona Hotelera.

En cuatro minutos ya estaba yo montada nuevamente en mi bikini, enchalecada, detrás de su espalda y a la orilla del mar. 20 dólares de propina alcance a ofrecerle mientras le daba un tremendo beso pasional en sus labios, salados y color púrpura por el bronceado del mar.

 

Imagen: Tomada de Vesicapisces.com

 

¿Te gustó? échanos una manita compartiendo...Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterPrint this pageEmail this to someone